13 de mayo 2018 - El pickUp (en realidad lo recuerdo como "el picó") de la casa

Caracas extraña, diferente, mutante y diversa. Caracas cosmopolita. Así es la ciudad de los techos rojos, que ha modificado su cabellera de arcilla por azoteas modernas. Caracas indómita. Difícil vivir en ella en medio del caos, el calor, la inseguridad, las colas que se multiplican en cualquier lado. Caracas atestada de gente que circula de un lado a otro, que se encarama en vetustas busetas destartaladas a precios de limousina o que recurre al metro casi gratuito o gratuito de hecho, abandonado a su suerte, los trenes, las estaciones, los usuarios. En esa Caracas caótica circulo. Es miércoles de labor. me apresuro a llegar el Centro Cultural Chacao a tiempo para esperar a Ana Victoria que sopla su oboe en medio de un ensayo de la orquesta sinfónica juvenil. Mientras espero me arrimo al café del lugar. Está vacío. Mientras me traen un café con leche que acompañe mi espera observo a un lado algo que simplemente atrapa todos mis sentidos. Me siento en un viaje relámpago al pasado, retrocediendo poco mas de cincuenta años hasta llegar a mi infancia en un caserón del siglo diecinueve, de cuando la ciudad era pueblo.


Aparecer como una alucinación un viejo mueble de madera, que asemeja un ceibó, cuyo interior contiene en el centro un pick up moderno para reproducir discos de acetato de 33, 45 y 78 revoluciones por minuto. Las diversas velocidades de giro conocidas por sus siglas RPM. A los lados esconde par de cornetas, encargadas de hacer audible el moderno sonido estereofónico. Y sobre el mueble un extinto aparato telefónico, que en eses entonces era la versión moderna y actualizada. Se le podía conseguir en residencias, oficinas y comercios, de color gris, color universal que combina con todo tipo de decoración. En resguardo de la cuenta telefónica se le podía poner un candado para asegurarse que no se harían costosas llamadas al interior del país o al mismísimo exterior norteamericano, español, italiano, portugués o a la cercana Colombia.

Este encuentro en vivo con la realidad de hace casi sesenta propició el viaje en regresión a un pasado que, en el recuerdo de niño, fue mejor que este presente lleno de ausencias. Y me ubiqué exactamente en el recibo de la casa 119 de la Calle Atrás de El Valle. Estamos en 1966 y tal vez en mayo de ese año. Semanas atrás mi mamá había sido sometida a una riesgosa operación pulmonar para erradicar un enfisema que se había desarrollado en uno de sus pulmones. Siendo atendida y operada en la mejor instalación médica para ese tipo de afecciones, en Hospital de El Algodonal, un poco mas allá de La Yaguara en medio de un área boscosa, de aire fresco y limpio. Los detalles no los recuerdo con claridad. En cambio recuerdo la imágen de mi mamá, su cuerpo delgado, pálida de piel, ojos grandes y sonrisa amable. Treinta y siete años de edad, un matrimonio y cuatro hijos, todos pequeños, de siete, ocho, seis y cuatro años. Los días previos seguramente fueron de malestar creciente, consulta médica, exámenes, toma de decisiones, pre operatorio. En ese ir y venir se generaba una tensión, algo de stress infantil, supongo que eso existe, cuando tias y primas nos decían que mientras mi mamá se ausentaba ella nos cuidarían. Nada ni nadie puede darnos tanta seguridad como nuestra propia madre. Y a corta edad, su ausencia puede ser un caos. Fuimos bien atendidos. Se mantuvo la rutina diaria. Elvira, Máma Mía (un anticipo amable y amoroso a lo Freddie Mercury) no soltó el timón del barco en los asuntos diarios. Desayunos, almuerzos y cenas a la hora correspondiente; lavadora chacachaca exprimiendo la ropa y tendiéndola en las cuerdas del patio para secarlas; aseo de pisos, baños y habitaciones. El ir y venir de mi tía Carmita para estar pendiente de nosotros junto a la compañia de Betania, la prima de sonrisa permanente. De repente una mudanza de dias a casa de mi tía Julieta en el carro de mi tía Beatriz.
Pasan los días y nada que mi mamá ha regresado. Una mañana aparece sonriente junto a mi papá, recuperada de la misteriosa operación que requirió y fue un reencuentro en medio de un abrazo que me hacía muchísima falta.
La anécdota es que a los días llegó mi papá con unos señores que cargaron hasta la casa un mueble similar al de la foto. No recuerdo donde lo compró, pudo haber sido en Sears de Bello Monte, en VAM de la Avenida Andrés Bello, en Mueblería La Liberal, cerca del Teatro Nacional o en Imgeve, tambien por esos lados. En cualquier de ellos se conseguía el fiado necesario para comprarlo y pagarlos por cuotas mensuales. Alli empezó a sonar Raquelita Castaños que era doblada por Ninoska; Los Churumbeles de España con el tema que nos recordaba las vacaciones en Boca de Aroa, Doce Cascabeles; temas clásicos y sinfónicos como el Pájaro de Fuego o el Barbero de Sevilla que acompañaban la limpieza de la casa mientras barrían, coleteaban o pulían el piso; Simón Díaz cantando El Superbloque y para los niños de la casa el disco de Las Ardillitas contando la historia del viejo hospital de los muñecos, adonde llegó el pobre Pinocho malherido. Además tenía radio con cuatro bandas, pero la que se escuchaba era la AM de Radio Rumbos o Radio Continente, y a partir de ese año, el radio tocadiscos sería un detalle inolvidable casa 31 de Diciembre a la hora de recibir el año nuevo al compás de Faltan cinco pa las doce.
A los pocos días de haber llegado el tocadiscos a la casa, se formó una tertulia en el recibo. Era cotidiano que los sábados, generalmente, y muchos domingos en la mañana nos visitaban nuestros tíos Miguel Angel, César, Manuel junto a algunos parientes y se daban conversaciones de visitas con temas politicos, de la situacion del país, temas familiares o del día a día. En esa oportunidad el tema era el tocadiscos nuevo, lo moderno, el buen gusto del mueble; sonaron algunos discos, tangos entre ellos. Al final mi mamá decía que ese gasto era excesivo, que no había necesidad de endeudarse así para tener algo tan costoso. Hablaba desde las limitaciones de una familia compuesta por un matrimonio, cuatro hijos, Elvira y Argenis, su hijo que vivía con nosotros, algún o algunos parientes que llegaban de visita por dias, etc. Y un sólo ingreso, el de mi papá en la Contraloría, que además era proveedor de mis hermanos mayores. Ante ese comentario de mi mamá, mi papá sonrió y explicó:
- Con la operación de Lucía tuve que pedir un préstamo en la caja de ahorros de la contraloría por si acaso se presentaba un gasto urgente.
- Y que gasto podía ser necesario urgentemente, si todo estaba arreglado en El Algodonal - replicó mi mamá.
- Guá el del cajón. Pero como todo salió bien, compre el mismo cajón pero con el tocadiscos adentro - respondió mi papa en medio de la risa general.
Son recuerdos que escribo de memoria, recordando a mi mamá en el día de las madres. Un recuerdo amoroso que dibuja un clavel blanco en mi pecho.

garua...

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